lunes , diciembre 11 2017
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El cerebro y la afectividad

¿Dónde se encuentra la clave de la felicidad y la madurez personal? Para la neuróloga María Gudín, autora del libro Cerebro y afectividad, la clave se encuentra en dos puntos: el control de los estados emocionales y la modificación de los sentimientos para lograr una convergencia entre aquello que se piensa, se siente y se quiere. El libro Cerebro y afectividad aporta los más modernos hallazgos de la neurología moderna, a la luz de datos filosóficos y antropológicos. Se estructura en tres partes: una primera parte en la que se describen los presupuestos filosóficos básicos que permiten entender la afectividad. La segunda, científica y anatómica – más compleja para el lector profano en la materia – describe las estructuras neurales; la última, es más integradora y práctica. Qué es la afectividad Los descubrimientos de las últimas décadas han proporcionado una mejor comprensión de la compleja realidad cerebral. Hoy en día se sabe que en la corteza cerebral existen localizaciones de las distintas tareas desarrolladas por la inteligencia: cálculo, lenguaje, abstracción u organización en el tiempo y en el espacio. Sin embargo, también se ha descubierto que las funciones intelectuales aisladas no representan lo que es el hombre. “Existe una realidad central en la existencia humana–señala la Dra. Gudín- que está también mediada por el cerebro: la afectividad. La realidad del hombre –añade- ha de explicarse a través de complicados mecanismos neurales. Conocemos a través del cerebro, queremos y sentimos a través del cerebro”. La afectividad es la forma en la que percibimos la realidad, constituye un aspecto central de la personalidad humana. ¿Dónde se localizan los sentimientos en el cerebro? Las áreas afectivas se localizan en el núcleo de los circuitos cerebrales, alrededor del haz de fibras nerviosas que pone en relación los dos hemisferios cerebrales, contactando con todos los lóbulos cerebrales y logrando su relación interna. Este hecho – su situación central en el cerebro – alude a que son centrales en la conducta humana. Producen un aspecto de unidad en el comportamiento. Por otro lado, las mismas áreas que controlan el placer, controlan la ira y el temor. Estimulando el cerebro en las áreas afectivas se pueden desencadenar prácticamente en las mismas localizaciones un furor incontrolable, o una alegría rara. Eso indica que los mecanismos cerebrales de la emoción a menudo se hallan vacíos de contenido. El contenido de los sentimientos lo proporcionan áreas cerebrales en las que se centra la racionalidad del sujeto y que permiten la conexión con lo real. La neurotización de los sentimientos Aunque desde un punto de vista objetivo los sentimientos no son nada, desde la subjetividad de cada persona lo son todo. “Por eso una persona que se centra, excluyendo cualquier conexión con lo racional y con la realidad, en los propios sentimientos (en la personal subjetividad) se neurotiza –aclara esta especialista en neurología- porque no es capaz de contactar con lo real: ésta es la base de la enfermedad mental, la falta de adecuación a la realidad”. Los sentimientos aúnan datos intelectuales y volitivos. En la medida en la que estén integrados y coordinados con la inteligencia y la voluntad, facilitarán el desarrollo de una vida en libertad. Entender la propia afectividad = salud psíquica Los sentimientos, definidos como estados de conciencia, se diferencian claramente de las ideas, deseos o voliciones, que pueden considerarse como contenidos de conciencia. De ahí, la confusión que inducen. Que una persona en un determinado momento sienta algo no significa que ese algo sea real. A veces uno se siente triste. Pero no siempre esta tristeza, el disgusto o la inseguridad se corresponden a una situación exterior. En momentos de mayor debilidad interior, cualquier suceso afecta a nuestro estado mental y se puede atribuir el estado interior de malestar psíquico a sucesos y traumas vitales y emocionales que en el fondo no guardan relación causal, sino que por la situación de decaimiento interior se viven de una manera errónea. La solución a los problemas psíquicos producidos por estados interiores pasa a través de múltiples aspectos. A menudo el tratamiento de estos trastornos consiste en restaurar fuerzas psíquicas a través de un tratamiento médico adecuado, reponiendo sustancias como la serotonina, dopamina y noradrenalina, que se hallan disminuidas y propician la aparición de decaimiento interior y falta de fuerzas para la recuperación física. Un segundo aspecto se concreta en la higiene mental: “en la medida en la que el hombre procura salir de sí mismo dándose a los demás -aclara la Dra. Gudín, neuróloga- la personalidad se integra y las motivaciones, más o menos conscientes, tienden a hacerse más límpidas”. Inteligencia emocional La inteligencia emocional se desarrolla con la serenidad y la reflexión, esquivando mecanismos que centren la interioridad en uno mismo, en la propia individualidad, sino que tengan una referencia hacia el otro. Para tener inteligencia emocional es preciso pensar en el otro. Es decir, que el cerebro no se halle dominado por circuitos reverberantes que giren únicamente alrededor de lo propio. Nadie puede entrar en el simbolismo ajeno si está centrado únicamente en sus problemas personales. Un individuo neurótico en el que la visión de su propio yo está hipertrofiada y todos sus contenidos mentales se refieren únicamente a sí mismo, difícilmente captará emociones ajenas y es posible que se comporte como un inadaptado social. La inteligencia emocional se produce en un cerebro sereno, dominado por un ritmo interno estable y constante. Los nerviosismos, la agitación o, al contrario, la ausencia de estímulo emocional no conducen al equilibrio interno. Las personalidades serenas y llenas de paz suelen juzgar con inteligencia los propios sentimientos y los de los demás. La inteligencia emocional puede ser educada mediante una crítica positiva que nace de una autoestima elevada. Querer con todo el corazón es querer con todo el cerebro La personalidad madura actúa utilizando áreas afectivas a la vez que áreas racionales, y guiada por la correspondencia con la realidad. Para tener una personalidad madura es preciso no dejarse llevar únicamente por lo afectivo, sino aprender a modificarlo para que actúe como motor de lo intelectual. Por ello, se puede decir que querer con todo el corazón es querer con todo el cerebro.

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