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El mito de las dietas rápidas

El culto a la delgadez no deja de engordar la lista de absurdas y peligrosas dietas. Muchas están basadas en argumentos erróneos pero cumplen su cometido a la perfección: reducen el peso rápidamente. Los endocrinos advierten que la mayoría quema más dinero que grasa, y lo que es más grave, constituyen un problema de salud pública Disfrazadas bajo tentadores nombres como dieta de la NASA, de Hollywood o del esquimal, las dietas rápidas han demostrado más sus efectos nocivos sobre la salud que su poder adelgazante. Tanto es así que pueden llegar a causar desde caída del cabello, estreñimiento, deshidratación o insomnio, hasta taquicardias, depresión, hipertensión, colesterol o un coma. Las dietas para adelgazar son muy perjudiciales si no están recomendadas por un endocrino, pero año tras año se difunden cientos de regímenes que prometen poner a raya a la báscula. Todos los expertos consideran imprescindible acudir a un especialista que determine el tipo y cantidad de alimentación que necesita cada persona, para que no le sobre, pero tampoco le falte de nada. La recomendación cae por su obviedad, pero muchas personas desoyen la lógica y a la hora de estilizarse recurren a una dieta de eficacia probada por la vecina o dirigida por control remoto desde una marca de venta a distancia. El gran problema es que la mayoría de problemas de salud asociados con la alimentación aparecen de forma gradual y no presentan síntomas espectaculares e inmediatos. Darse cuenta que el problema radica en la mala alimentación no es fácil. Irracionalidad Sólo desde la irracionalidad que domina la voluntad del desesperado pueden confiarse los kilos de sobra a la propuesta de Victoria Principal, que aboga por consumir ensaladas a diario y descansar durante la menstruación. O la que permite atiborrarse con tal de controlar, no ya la báscula, sino el reloj. Según la cronodieta, los nutrientes sólo engordan a determinadas horas. No menos original es la variante que dedica cada día de la semana a un único alimento, seleccionado en función de su primera letra. El catálogo de patologías que pueden provocar dietas como éstas –a cada cual con un nombre más tractivo- es tan extenso como variadas son las fórmulas de adelgazamiento. Por ejemplo, la dieta para adelgazar baja en carbohidratos puede provocar la cetosis, un proceso que produce alteraciones de corazón por el déficit vitamínico y mineral. Y es que a base de sustituir los hidratos por proteínas se engaña al cuerpo para que pase con 800 calorías diarias, en vez de las dos mil recomendadas. Trastornos más usuales La dieta llamada de las proteínas líquidas o de suplemento al ayuno reduce peso de manera eficaz, pero es nutricionalmente incompleta. Sus efectos secundarios, náuseas, vómitos, estreñimiento, fatiga e irregularidades coronarias. El régimen del marisco, para mejorar la capacidad sexual, lo único que logra subir es el ácido úrico. Eficacia similar tiene ingerir 6.000 calorías para hacer trabajar más el estómago y adelgazar de tanto esfuerzo. Tampoco se libran los compuestos aparentemente naturales, de venta en farmacias o herboristerías, pues algunas hierbas, además de ineficaces, pueden ser muy peligrosas por contener metales y pesticidas o provocar malformaciones fetales. Otras veces, la mezcla de varios preparados admitidos por sus indicaciones diuréticas (cola de caballo), laxantes (cáscara sagrada), estimulantes (hierba loca) o tranquilizantes (valeriana), combinados para fines dietéticos, se transforman en verdaderas bombas de relojería. Dolencias perseguidas Más grave aún es que los trastornos no sobrevengan, sino que se busquen conscientemente para mantener la línea. Lo hacen quienes ingieren hormonas para desencadenar hipertiroidismo, una dolencia que se caracteriza por hacer perder peso. Pero también por provocar palpitaciones e intranquilidad, y devorar los músculos. Igualmente, se usan las anfetaminas para disminuir el apetito, si bien están prohibidas dada la inquietud, confusión, dependencia e hipertensión que generan. No menos susceptibles de desmontar resultan las teorías higienistas. Su fundamento es que no son los alimentos los que engordan, sino su equivocada combinación. Así, los almidones (patatas y arroz) nunca deberán coincidir en el estómago con cítricos; ni la carne con el aceite. Se piensa que los primeros necesitan un medio ácido para digerirse y los segundos, alcalino. Un absurdo, porque existen enzimas para cada nutriente. Aprender a alimentarse Tampoco se encuentra sentido a quienes, en vez de separar ingredientes, tratan de buscarles la pareja ideal. Lo hace la dieta macrobiótica, en la sospecha de que los nutrientes tienen los mismos componentes de las fuerzas naturales: el yin (suave, alcalino, femenino) y el yan (resistente, ácido, masculino). Todo ello no hace más que corroborar que la solución al sobrepeso reside en aprender a alimentarse. Rebajar la cantidad ingerida, controlar los fritos, limitar el alcohol, beber mucha agua, tomar lácteos desnatados y hacer ejercicio son las únicas pautas a seguir.

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