sábado , octubre 21 2017
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Santander, encanto natural

Su trazado longitudinal le otorga grandeza a esta pequeña ciudad cosmopolita. Situada en un enclave de ensueño que la convierte en única, se ha hecho con el devenir de los años a las idas y venidas del Cantábrico, una bella capital de provincia. Modelo de ciudad europea, ha añadido a su encanto natural una serie de atractivos culturales que hacen de ella principal referente para muchos de sus veraneantes. El Palacio de La Magdalena, el moderno Palacio de Festivales de Cantabria o el Museo Marítimo, son parte importante de la fisonomía de una ciudad hechizada por la mar; una mar que penetra en todas y cada una de sus calles para saborear así la salitre de una antigua ciudad marinera. En la fusión del verde de sus campos, del intenso azul de sus aguas y del beis de sus playas, imagino yo a la por muchos conocida ‘perla de Cantabria’. Primer día Al llegar nos dirigimos a Cazoña, el barrio en el que teníamos nuestro pequeño refugio. Allí me esperaban impacientes dos amigas de toda la vida, encargadas de organizarme un fin de semana que no olvidaría jamás. Nos dirigimos a la Avenida de Valdecilla, en la que se encuentra el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, para adentrarnos en Ciudad Jardín, una preciosa zona residencial. Para evitar pasar por el centro cogimos la Avenida de los Castros y llegamos a los Jardines de Piquillo, un cuidado recinto situado sobre ‘La Primera Playa del Sardinero’, una de las más hermosas de la ciudad que extiende su belleza sobre la que es conocida entre los santanderinos como ‘La Segunda Playa del Sardinero’, separadas ambas por una hermosa roca. Dejando un poco de lado la que es una de las plazas más concurridas de la ciudad, la Plaza de Italia, en la que se aglutinan el Gran Casino de El Sardinero y El Rhin, entre otros edificios, quisimos disfrutar lentamente del resto de playas que se pueden apreciar en la bahía: la de la Concha, la del Camello…hasta que sin darnos cuenta fuimos a parar al enorme portón de acceso de la Península de la Magdalena. En la Península se encuentra situado el Palacio de la Magdalena, regalo del pueblo cántabro al monarca Alfonso XIII a principios de siglo y actual sede de los cursos de la UIMP. Allí, tuvimos la oportunidad de pasear por sus acantilados, saborear la tranquilidad de la playa de los Bikinis y disfrutar viendo los animales que habitan en el pequeño zoo de la Magdalena. El tiempo apremiaba, así que, con ritmo acelerado y desde la balconada que ofrece la Avenida de la Reina Victoria, una de las más significativas de la capital, bordeamos la playa de La Magdalena y la de Los Peligros hasta llagar al Museo Marítimo. Pasamos sin detenernos por el Palacio de Festivales de Cantabria y por los Jardines de Pereda para llegar a tiempo al Mercado de la Esperanza, donde compramos unos buenos sobaos y un par de quesadas cántabras, postres típicos de la región. Tan sólo habíamos parado en casa un par de horas para arreglarnos un poquito y ya nos encontrábamos en el Barrio Pesquero, habitado principalmente por los pescadores de la zona y conocido por la calidad de sus numerosos bares y restaurantes, donde terminamos la noche. Segundo día Nos levantamos y fuimos a desayunar chocolate con churros en un bar próximo a la Plaza del Generalísimo, en la que se encuentra el Ayuntamiento. Tras el incendio que arrasó a la ciudad en 1941, es muy poco lo que hoy en día podemos apreciar del casco antiguo de Santander, pero aprovechando que estábamos allí, nos acercamos a la Catedral, de la que a excepción de la Cripta del Cristo, tuvo que ser reconstruida. Después de pasear por la Plaza Porticada, muy conocida por haber acogido durante muchos años el Festival Internacional de Santander, nos dirigimos al Parque Natural de las Dunas de Liencres, situado a unos cuantos kilómetros de la ciudad, y que cuenta con una preciosa playa. El viento empezó a soplar bastante fuerte así que nos dirigimos al Parque de Naturaleza de Cabárceno; nos teníamos que desviar un poquito, ya que teníamos que coger la carretera Santander-Bilbao en dirección sur, pero realmente merecía la pena. Al pie de la Sierra de Peña Cabarga, a tan sólo 15 kilómetros de la ciudad, se encuentra uno de los parajes naturales más bellos de la localidad. Impresiona el tipo de roca sobre el que se ha construido, producto de una explotación minera llevada a cabo desde la era romana; de ahí el color rojizo que las caracteriza. Los animales salvajes que allí habitan, como son los leones, elefantes, cebras, hienas o avestruces, entre otros, disponen de más de 700 hectáreas para disfrutar, eso sí, atravesadas por pequeños caminos para que puedan circular los coches de los visitantes.

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